segunda-feira, 25 de Novembro de 2013

Jardim Botânico de Lisboa, por Antonio Muñoz Molina


Mundos botánicos.

En el Botánico de Lisboa, cuando el viento ha arreciado, el rumor poderoso de los árboles borra por completo el de la ciudad. 
Fotografia Rita Baleia

Para las personas de imaginación aventurera pero de carácter perezoso el mejor sustituto de las expediciones novelescas que no llegarán a hacer nunca son las visitas a los jardines botánicos, más que los libros de viajes. Sin duda hay un placer extraordinario en leer las aventuras de Shackleton en la Antártida, o el diario del capitán Franklin en los hielos del Ártico, o seguir en una buena biografía los itinerarios del capitán Cook, que llegó a Tahití cuando parecía el paraíso terrenal y avanzó mucho más al sur de lo que se había atrevido nadie, vislumbrando entre nieblas de tormenta los acantilados antárticos, o caminar por las soledades de la Patagonia o de los desiertos de Australia en las páginas de Bruce Chatwin. Pero el contraste entre el nomadismo esforzado de los relatos y el confort de la lectura es demasiado grande como para dejarle a uno la conciencia tranquila, y después de todo leer es una tarea demasiado sedentaria y demasiado intelectual, que debe ser compensada de inmediato con el ejercicio físico, para evitar ese peligro de desequilibrio entre la vida real y los mundos de los libros del que fue tan consciente Cervantes.
Un buen jardín botánico es la solución perfecta. Los árboles de los trópicos o los del Himalaya o los de las islas del Pacífico se ofrecen a la mirada y al tacto de uno y le regalan su exotismo, sin la penosa servidumbre de los animales en las jaulas tristísimas de los zoológicos, y desde luego sin los padecimientos pavorosos del explorador que se abre paso entre los pantanos y los mosquitos de una jungla, o el que se juega la vida escalando una montaña. En un botánico, a diferencia de en la naturaleza, cada árbol y cada planta tienen un letrero con su nombre científico y su nombre vulgar, lo cual es un placer para quien disfruta de la sonoridad de los bellos nombres latinos y un alivio para el aficionado ansioso que no sabe ver de verdad una planta o un pájaro si no puede nombrarlos. El problema es más grave en la literatura en español, y quizás más todavía la española, en la que la naturaleza, con raras excepciones, tiene una presencia vaga y general o directamente no existe. Nosotros no hemos tenido un Wordsworth, un Thoreau, un Robert Frost, un William Carlos Williams que celebren con precisión de naturalistas la riqueza botánica del mundo. Tenemos, desde luego, a Antonio Machado, a Miguel Delibes, a José Antonio Muñoz Rojas, pero la nuestra es en general una cultura poco permeada por las ciencias naturales, en la que cualquier referencia no alegórica o despectiva al campo, a los paisajes, a los jardines, queda cancelada por el miedo a la cursilería, o peor aún, al costumbrismo rural.
Hablo por experiencia propia. Yo creo que no me fijé de verdad en una planta hasta pasados los cuarenta años. Por miedo a parecer paletos, los fugitivos del campo cultivábamos con vehemencia el esnobismo de lo urbano. Era parte de esa negación algo neurótica del pasado que suele afectar a sociedades que se modernizan tardía y atolondradamente, y destruyen y malvenden a cambio de baratijas lo más valioso de su patrimonio popular. Por fortuna, los jardines botánicos, como algunas obras maestras de la literatura, no se dejan afectar por las tonterías de las modas culturales, y esperan con paciencia a que uno llegue a la madurez necesaria para disfrutarlos. El tiempo de los árboles es más lento y mucho más largo que el de las vidas humanas. Los científicos y los jardineros que los cuidan están menos sujetos a las veleidades del gusto que los artistas o los literatos, menos ansiosos por halagar al público. Los jardines botánicos tienen el mismo origen ilustrado que los museos nacionales, que las bibliotecas públicas y que las instituciones públicas de enseñanza. Como nacieron en la época en la que el conocimiento formaba parte del impulso general de la emancipación humana, y en el que la curiosidad científica era uno de los placeres de la imaginación, los jardines botánicos son simultáneamente lugares de investigación y de recreo, parques públicos y laboratorios, espacios de retiro y centros de enseñanza. En un país tan arboricida y tan poco hospitalario para el saber como España, cada vez que uno entra a un jardín botánico le dan ganas de pedir asilo político.
En el Botánico de Madrid hay una armonía geométrica de parque francés del siglo XVIII. La primera vez que entra al de Lisboa el visitante novelero siente enseguida que se sumerge en un bosque, en una selva tupida pero también apacible, con dragos de Madeira y araucarias y casuarinas gigantes de Australia y Nueva Zelanda, con palmeras altísimas que oscilan como mecidas por un viento del Pacífico. El Botánico de Madrid es plano y de ángulos rectos: el de Lisboa está en cuesta, y sus senderos son sinuosos, de manera que las perspectivas están cambiando siempre, y hay momentos en los que uno se encuentra completamente rodeado por una vegetación tan densa como la que atravesaban a machetazos los exploradores de los antiguos libros de viajes. En el Botánico de Lisboa, cuando el viento ha arreciado, el rumor poderoso de los árboles borra por completo los ruidos de la ciudad. Salgo de él al cabo de una visita de una hora y es como si volviera de un retiro en una montaña y de una expedición.
Fernando Pessoa escribió que se bajaba del tranvía después de un breve trayecto con el mareo de un viaje al otro lado del mundo. El viaje más exótico de mi vida, y también uno de los más confortables, lo he hecho yo en poco más de un cuarto de hora, en el tranvía número 15, entre la parada de la Praça do Comércio y la de Belém, que me ha dejado a unos pasos del Jardim Tropical, una mañana de domingo entre soleada y nubosa, en este clima que es lo bastante húmedo y lo bastante templado para que prosperen en él plantas que no resistirían los inviernos de Madrid. En el Jardim Tropical hay ficus australianos de cortezas como lomos de paquidermos, de extrañas ramas que cuelgan como estalactitas, de sistemas de raíces que se hunden en la tierra como vastas copas invertidas; hay pavos reales y grandes gallos portugueses de porte arrogante y cresta roja; hay invernaderos abandonados que parecen ruinas de puestos coloniales devoradas por la selva; hay pérgolas con azulejos de tigres, de leones, de elefantes y de gacelas; hay pórticos con tejadillos chinos que dan paso a jardines secretos en los que crecen árboles de Macao y de Goa; hay palmeras decapitadas como columnas de templos emergiendo en la jungla; hay un palacio de amplias estancias sucesivas donde se guardan tesoros cartográficos de la época colonial, anaqueles con muestras de semillas, láminas de plantas disecadas, estanterías de una xiloteca en la que en vez de libros se guardan ordenadas más de tres mil muestras de maderas. En la luz cambiante, en el sol y el nublado, el bosque era unas veces umbrío y otras luminoso. De vez en cuando me cruzaba con alguien tan hechizado como yo. De un botánico así se salen con ganas de escribir un libro de viajes.
Antonio Muñoz Molina
In jornal El País, de 20 de Novembro de 2013


domingo, 10 de Novembro de 2013

Parkour no Palácio Sinel de Cordes e a Trienal de Arquitectura de Lisboa











Alfama igual a ela mesma












sábado, 2 de Novembro de 2013

Morreu Zé da Guiné, figura marcante da vida noturna e cultural de Lisboa.



Morreu Zé da Guiné, figura marcante da vida noturna e cultural de Lisboa.

Zé da Guiné sofria há mais de dez anos de esclerose lateral amiotrófica, doença neurodegenerativa progressiva e fatal. Zé da Guiné, figura marcante da vida noturna e cultural de Lisboa, morreu hoje na cidade onde chegou na década de 1970, disse à agência Lusa fonte da embaixada da Guiné-Bissau em Portugal.

De acordo com o segundo secretário da embaixada, Bacar Sanhá, Zé da Guiné faleceu «hoje no Hospital de São José, onde estava internado há algum tempo».

O corpo de Zé da Guiné, adiantou, deverá ser trasladado para o país onde nasceu, já que «o desejo dele sempre foi ser sepultado na Guiné-Bissau».

Zé da Guiné sofria há mais de dez anos de esclerose lateral amiotrófica, doença neurodegenerativa progressiva e fatal.

Há dois anos foi exibido pela primeira vez, em Lisboa, o documentário «Zé da Guiné - crónica dum africano em Lisboa», sobre a vida de uma «figura emblemática» da capital.

O documentário de José Manuel Lopes, que pretendeu homenagear o homem que «deu a noite à cidade», começou a ser feito em 2001, mas passou dez anos «em stand by», esperando financiamento aqui e ali, contou na altura o realizador.

«Antes do Zé da Guiné as noites eram escuras, frias e metiam medo», recorda a sinopse do filme.

Estávamos em finais dos anos 70. Nascido na Guiné-Bissau, Zé passa pela guerrilha do Partido Africano para a Independência da Guiné e Cabo Verde (PAIGC) e, na altura do 25 de Abril, desembarca em Lisboa «atrás de um sonho».

«Acaba por liderar a mudança de costumes, da noite, de Lisboa», resumiu o realizador. Zé introduz-se no meio estudantil através de uns primos e participa nos primeiros movimentos de «okupas».

Zé da Guiné acabou por se transformar «num perfeito lisboeta» - «é mais lisboeta do que eu, ele conhece tudo, as ruas, as pessoas, os locais», disse José Manuel Lopes.

José Manuel Lopes conheceu Zé da Guiné «nas noites» - «era uma figura emblemática em termos de presença física e extremamente sociável». Começou por ter com ele uma «relação de afastamento», até porque «o Zé da Guiné metia algum respeito». Só posteriormente se tornaram amigos.

A ideia do filme nasceu em 2001, quando Zé da Guiné já estava doente, mas na altura «recusava-se a aceitar isso».

Em 2010, um grupo de amigos criou uma conta-solidariedade para ajudar Zé da Guiné.

sexta-feira, 5 de Julho de 2013

Em defesa do Hospital Miguel Bombarda.


Pela Reprovação Global do projecto de Loteamento Hospital Miguel Bombarda – nº 14/URB/2013, em  Consulta e Discussão Pública de 1 a 12 de Julho, assim como dos projectos de Loteamento para os Hospitais de S. José, Sta Marta e Capuchos.


Por pequeno aviso publicado num jornal, soubemos que iriam para consulta e discussão pública entre 1 e 12 de Julho no edifício do Campo Grande, 1F, quatro Projectos de Loteamento (venda mais facilitada, por lote) para os Hospitais Miguel Bombarda, S. José, Sta Marta e Capuchos, que deram entrada na Câmara Municipal de Lisboa em meados de Junho, para aprovação. Durante a consulta desses volumosos projectos não é permitido tirar fotocópias ou fotografias, dificultando seriamente a interpretação, e obrigando a demorada cópia manual das partes mais relevantes.
Pela quantidade e importância de edifícios que os projectos prevêm demolir ou transformar, estamos desde logo em presença de uma das maiores intervenções urbanísticas de sempre realizadas na zona histórica de Lisboa. Os projectos foram apresentados pela Estamo, empresa do Ministério das Finanças, que há uns anos “comprou” esses hospitais, pedindo empréstimos cujo montante serviu para encapotar o défice da Saúde …


Descrevemos a seguir as principais intervenções contidas nesses projectos:

- Hospital Miguel Bombarda

 Seria mantido e restaurado o Pavilhão de Segurança e o pequeno Laboratório /Morgue, destinado a fins culturais não especificados (não se refere o singular Museu existente, único na Península …); também mantido o outro pequeno edifício classificado, de Interesse Publico, o Balneário D. Maria II.

O Edifício Principal, o notável e histórico Convento da Congregação da Missão de S. Vicente de Paulo (1720-1740), que resistiu sem danos ao terramoto de 1755, onde se instalou em 1848 o primeiro hospital psiquiátrico do país, e que se conserva na quase totalidade sem alterações (ao contrário do que afirma em sucessivos erros históricos grosseiros o dito projecto, ignorando dezenas de documentos e as plantas de 1835 existentes no Arquivo Militar) será destinado a Hotel, com parque subterrâneo e demolição dos interiores, à excepção das fachadas, da Igreja, do salão nobre e do gabinete onde o Prof. Miguel Bombarda foi assassinado em 1910, sendo integrado no Hotel o já referido Balneário…

Todos os outros edifícios seriam totalmente demolidos, apesar do seu excepcional valor histórico e arquitectónico, apesar de todo o Hospital ser Zona Especial de Proteção (Portaria nº 1176/2010 de 24 de Dezembro) e apesar de ter sido proposta a sua classificação em Março último, em Candidatura apresentada à Direção Geral do Património, sustentada em investigação irrefutável, subscrita pelas prestigiadas Sociedades de Psiquiatria, de Neurologia, de Arte Terapia, de Arte Outsider, e pelos dois mais distintos historiadores de arte do país, Prof. Raquel Henriques da Silva e Prof. Vítor Serrão.

Assim, as demolições seriam quase totais, abrangendo os interiores históricos do Convento (que resistiu ao terramoto mas não resistiria ao vandalismo que assola Lisboa), o Edifício de Enfermarias em poste telefónico (de 1885-1894), dos primeiros do mundo, de um piso baseado em Esquirol e de racionalismo pré modernista, rodeado de jardins, do arquitecto José Maria Nepomuceno, o Edifício de Enfermarias em U (de 1900), vanguardista dos primeiros em betão, a Cozinha (de 1904), com tecto futurista em ferro, o enorme, elegante e raríssimo Telheiro, para o Passeio dos Doentes (1894), o Edifício das Oficinas para doentes, os painéis de 165 azulejos diferentes criados por doentes, o poço e o tanque da Quinta de Rilhafoles, anteriores ao convento, com cerca de 500 anos, etc.



O Balneário, inaugurado pela rainha D. Maria II em 1853, considerado na época e ainda hoje o melhor da Europa, a primeira construção do país destinada a Psiquiatria, que conserva grande parte dos equipamentos … integrado num reles Hotel sem identidade … que conterá também o gabinete do Prof. Bombarda, o mais significativo testemunho material da implantação da República, e constituirá uma infâmia para a Congregação da Missão de S. Vicente de Paulo e para a Família Vicentina.





O que se pretende é escandaloso, representa um Grave Atentado contra a Cultura Portuguesa e Europeia, destruindo edifícios de excepcional valor histórico e arquitectónico, em termos nacionais e internacionais, e apagando a Memória, da religiosidade, da Ciência e das suas inovações e mestres, da vivência dos Doentes Mentais e da sua criatividade artística e sofrimento.

E para quê? Para um Hotel sem identidade, para 4 lotes/prédios paralelos, outro prédio duplo junto à Gomes Freire, com  seis torres de 8 pisos (que depois subirão para 12, como é costume …), num condomínio desenquadrado e hostil à zona, por onde será rasgada uma incrível e perigosa Rua para viaturas, em zig zag com 6 curvas, 2 delas em cotovelo, que passará por baixo de 4 prédios e irá do Conde Redondo até à Gomes Freire … um pavor!


O que propomos? 

Dizer Não à destruição da Cultura e da Identidade de Lisboa, e criar no belo espaço e edifícios do ex Hospital Miguel Bombarda, praticamente sem obras, um Pólo Cultural de excelência, revitalizador da zona e da cidade, dinâmico e rentável, aberto aos moradores, atração para turistas e visitantes (com retoma do eléctrico Martim Moniz-Gomes Freire), que inclua um Museu alargado dedicado à Arte de Doentes e de Autodidactas de todo o país, e à História da Psiquiatria e das Ciências da Mente, desde logo com os integrais arquivos médico e forense do Hospital, dos melhores da Europa, as coleções de arte e de fotografia, com mais de 12000 exemplares (dos artistas Jaime Fernandes, José Gomes, Valentim, do poeta Ângelo de Lima, e de tantos outros), um centro de investigação, amplas exposições permanente (uma delas dedicada à Congregação da Missão) e temporárias, conferências e workshops, um ateliê de artes plásticas, espectáculos de música, teatro e bailado, etc.

No Hospital de S. José, memória do Hospital de Todos-os-Santos e símbolo da Medicina Portuguesa, não se indica o destino do notável edifício, ex Colégio dos Jesuítas (deveria ser um Museu da Saúde), dois novos prédios de 6 pisos prejudicam a leitura do Colégio/Hospital, e tapam o Torreão de Sant’Ana, o maior da muralha Fernandina, de 1383. E sem justificação é demolido o notável edifício do Instituto de Medicina Legal, do arq. Leonel Gaia. No Hospital dos Capuchos só o estritamente classificado é mantido, e eleva-se um silo de estacionamento no horizonte da Igreja. E  no Hospital de Sta Marta com a sua bela Igreja e Claustros, instala-se outro Hotel, com demolição do edifício da Cardiologia e construção de novos prédios. Em tudo, parece quererem esquecer a História da Assistência, além de ser questionável o encerramento de todos os hospitais do centro da cidade.

Sem prejuízo de outras ações, apelamos aos cidadãos consciente para exercerem os seus direitos na Discussão, sem medo, e a solicitaram ao Sr. Presidente da Câmara de Lisboa, Dr. António Costa, até dia 12, a REPROVAÇÃO destes projectos, que terá de ser efectuada em separado por Hospital e em impresso ou termos específicos.


Comissão para a Salvaguarda do Património

contactar  933220913 / 217585085 / reginacarr@hotmail.com